El dolor más grande de mi vida

Hace varios meses, en un proceso terapéutico y espiritual muy profundo e importante en mi vida, se me señalo que debía trabajar y servir a través de la liberación del músculo del alma, acompañando a otros a trascender su miedo, dolor y trauma. Pero fue un tiempo después, que tras la experiencia más dolorosa de mi vida pude ver con más claridad mi misión.

Experimentar este dolor, aunque intenté evitarlo, resultó traumático, por eso aún no estoy lista para compartir en detalle el evento, pero además quiero que hablemos, no de mi dolor o mi trauma, sino de esos dolores que hacen parte de estar vivos y ser humanos, de esos traumas de todos.

La muerte de un ser querido, el diagnostico de una enfermedad grave, una violación, ser victima de un robo o de cualquier forma de violencia, un accidente de carro, ser testigo de un crimen, ser cuidador de un enfermo, sufrir de estrés crónico en el trabajo, crecer en un ambiente familiar difícil, herencias ancestrales o una ansiedad permanente ante cualquier peligro posible (y tooodas las infinitas variables) pueden ser traumáticas.

Si bien el trauma, tiene mucho que ver con la manera cómo asumimos estos grandes impactos, también es una reacción natural a experiencias abrumadoras de cualquier tipo. Nadie tiene más o menos razones para estar traumado, el trauma no es un privilegio, y digo esto, porque cuando el trauma toca la puerta uno evita llamarlo así, porque suena fuerte, porque implica muchas cosas y también porque «hay personas que han sufrido cosas mucho peores», y todo esto hace que no lo asumamos como lo que es, que nos nos cuidemos como necesitamos, que no pidamos la ayuda que requerimos y que no vivamos plenamente nuestra vida de nuevo.

Reconocer que hay trauma en nuestra vida es un acto muy vulnerable, y también digno. No porque sea profe de yoga, o haya estudiado psicología; o porque tu familia piense que eso no fue nada; o porque eso que te dolió a ti a mucha gente ni le importa; o porque hay tabues involucrados  tenemos menos razones de atravesar esas experiencias traumáticas. 

El trauma es NATURAL, así como sucede se puede sanar, pero hay que hacer el ejercicio; igual que cuando queremos visitar otro país necesitamos tomar el vuelo para poder aterrizar en ese destino, aunque nos den terror los aviones!

La mayoría de los expertos están de acuerdo en que los efectos del trauma viven en el cuerpo. Según van der Kolk, el trauma no es la historia que contamos sobre la violencia que sufrimos o el horrible accidente que presenciamos; ni siquiera es el evento en sí. En cambio, es lo que no podemos dejar de lado, lo que van der Kolk llama el «residuo de improntas»  lo que queda atrás en nuestra neurofisiología (nuestros sistemas sensoriales y hormonales).

Van der Kolk, autor de numerosos artículos y estudios sobre cómo el trauma afecta el cerebro, dice que las personas traumatizadas están «aterrorizadas por las sensaciones en sus propios cuerpos», por lo que es imperativo que reciban algún tipo de terapia corporal para sentirse seguros nuevamente, dice, y aprende a cuidarse a sí mismos.

Por eso,  una vez más, este camino me ha llevado al cuerpo, porque hablar de lo que pasó no sirve siempre, y porque el cuerpo es más sabio que nuestra mente, porque instintivamente sabe sanarnos y porque es una puerta de acceso rápida a la plenitud. En mi proceso ratifique porque me señalaban en un principio el uso del cuerpo, y todo el aprendizaje que esta experiencia me ha dado ha llegado en su mayoría a través de mi propio cuerpo, de usar en mi misma todas las herramientas corporales que conozco y de cuidarme mucho.

Por eso quiero compartir contigo todo esto que me esta sanando, y que la psicología y el yoga tienen para ofrecernos en estos momentos críticos y cruciales.

Permitirnos la ayuda es lo mejor que podemos darnos, no importa si paso hace  días o hace décadas; dar el primer paso para sanarnos es un voto a favor de la grandeza que nos espera detrás de todo el dolor que hemos vivido.

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